Fue el otro día cuando me percaté de él, habíamos cumplido ya varias veces la gran odisea que conlleva poner la lavadora (eso ya lo comentaré en otra entrada) ese asunto estaba más que dominado. Con la cosa de las lluvias de navidad y tal salir a tender la ropa en el tendedero no era una opción viable, osea pensamos "bueno dejamos la ropa encima de la silla y ya cuando pare de llover ponemos la ropa", con lo que dejamos una bola de ropa encima de la silla. Aquí viene lo misterioso, resulta que ¿cómo no? nadie iba por iniciativa propia a ocuparse del asunto de la ropa cuando el tiempo estaba bueno, pero, seguiamos poniendo a lavar la ropa sucia en la lavadora. Yo supongo que debido al amontonamiento de la ropa encima una de la otra y junto con algún tipo de reacción química del detergente, sucedió que al pasar los días la bola de ropa inicial comenzó a evolucionar, mutando en un ser superior, creciendo y creciendo hasta nieveles insospechados, todavía no se como la pobre silla aguantó el peso de toda esa ropa mojada.
Yo le había cogido cariñito a la bola de ropa, le daba un olor "característico" al piso, estuve pensando en ponerle nombre y todo, pero ya cuando la bola era tan grande que molestaba al salir y entrar del piso me armé de valor y pensé "Voy a tener que hacer algo con esto, es la selección natural, se trata de la bola de o de mi" había tomado una desición clara y nada me iba a detener. Cogí mis cosas y volví a mi casa en Tenerife con mi madre por el periodo de exámenes, dejándole el marrón a mis compañeros de piso. No fue una desición muy valiente la verdad, pero el que huye vive para luchar otro día, o para volver a huir...
